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El Templo de Debod. El templo de mi recreo.

martes, 22 de septiembre de 2015

  Una forma de aproximarse a la rica diversidad turística y cultural de Madrid es visitando alguno de los jardines y parques históricos diseñados para el disfrute de los viandantes.
  
  Y uno de los parques con mayor magnetismo  es el Parque de la Montaña, donde tuvo lugar un episodio sangriento de la Guerra de la Independencia Española, ilustrado por Francisco de Goya en "Los fusilamientos del 3 de mayo".



  Apartando el macabro recuerdo, este rincón de Madrid ahora reconvertido en parque con agradables jardines, es un lugar ideal para pasear en buena compañía. Se ha convertido en uno de mis lugares preferirdos y cada vez que voy me llama la atención algo distinto. Además de los habituales círculos de gente joven que se reúne en el césped  para charlar, reír, escuchar o tocar música, o simplemente retozar, se pueden encontrar otros más juguetones practicando diversas artes como: lucha con espadas, lanzamiento de frisbee, "slackline" (deporte de equilibrio que se practica sobre una cinta ancha enganchada entre dos puntos fijos), yoga acrobático... 


  Es fácil encontrar sitio en alguno de los bancos repartidos por el parque y sentarse a observar. Aquí un grupo dando clase de tai-chi, allí un fotógrafo con "Miss Ecuador Spanish Edition", y por todos lados corredores o ciclistas.
  No faltan algunos vendedores asiáticos deambulando sin cesar con su monótona cantina del "aba, un eulo" y su bolsa de refrescos. 


  
  Sin embargo, además de todas estas distracciones, lo que hace a este sitio tan especial, es el monumento que se alza en medio del parque, El Templo de Debod. 
  Con más de dos mil años de antiguedad, fue un regalo de Egipto a España en 1968 en compensación por la ayuda española tras el llamamiento internacional realizado por la Unesco para salvar los templos de Nubia, principalmente el de Abu Simbel, en peligro de desaparición debido a la construcción de la presa de Asuán en 1907.

  Condenado a permanecer unos nueve meses al año bajo las aguas de esta presa, la inundación casi constante provocó la pérdida de la policromía y el daño de algunos de sus relieves, sufriendo también sus piedras un gran desgaste.
 El templo fue traído a España junto con un plano, un croquis del alzado y algunas fotografías sin referencias. Muchos bloques perdieron la numeración y su reconstrucción piedra a piedra, fue más que difícil, debiendo incluir algunas de diferente color traídas desde Salamanca, para distinguir los elementos originales de los nuevos. 

  Se construyó además un estanque de poca profundidad como recuerdo del río Nilo, ya que el templo en origen estuvo en sus proximidades. Para llegar al interior del santuario, los egipcios debían recorrer la calzada procesional que les llevaba desde el embarcadero, pasando bajo tres portales de piedra de acceso al templo, de los que sólo se han recuperado dos.


  En términos generales, su conservación como monumento histórico ha sido una transgresión flagrante y el interior no refleja su estado original, pero eso no borra la magia de poder penetrar en un edificio antaño sagrado en el que se celebraban rituales de adoración a dioses ya casi olvidados.

  La entrada es gratuita aunque de aforo limitado, y los vigilantes os advertirán de no llevar las mochilas a la espalda para evitar rozas las paredes.

  El núcleo arquitectónico del santuaris es la capilla de los relieves, decorada con escenas de culto, principalmente al dios Amón de Debod entre otras divinidades.

  Siguiendo de frente llegamos a la sala principal, el naos o sancta sanctorum, a la que sólo tenían acceso los sacerdotes oficiantes pues allí moraba la divinidad. Aún se conserva el pequeño tabernáculo o naos (sagrario) del dios Amón de Debod.   Aunque originariamente había otro más grande dedicado a Isis (no era habitual que en una misma estancia se depositaran dos naos para albergar dos divinidades). Ambas eran de forma similar a una hornacina, hechas en bloques monolíticos de granito rosa y rematadas por un friso de cobras sagradas que defendían el santuario del dios.

  En el interior del naos, se guardaba la estatua del dios, que cada día era vestida y ungida con aceite, y se la ofrendaban alimentos que finalmente ingerirían los sacerdotes pues se pensaba que el dios sólo consumía la esencia.


  Hay muchos detalles fascinantes sobre los rituales sagrados egipcios, pero para mí basta si os he contagiado un poquito de interés por la historia de este pueblo. 



  Y para los que no hayáis estado en este rincón de Madrid... no dejéis pasar la oportunidad de conocerlo cuando se presente. Para comer cerca, os recomiendo este restaurante vegano donde podéis disfrutar de un menú sano y económico. Además, como el templo se reconstruyó intentando conservar la orientación que tuvo en su lugar de origen, de este a oeste, yendo a la hora adecuada podréis disfrutar de unos atardeceres espectaculares. 

  De momento os dejo mi mejor intento de captura en la hora azul para que vayáis haciendo ganas. Y si os ha gustado este post, y el poema que me inspiró ¡el que quiera compartir es bienvenido!

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